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lunes, 29 de abril de 2013

COSAS QUE ME DISGUSTAN - IX








Tras un prolongado descanso de cuatro largos meses y luego del último post publicado en noviembre del año pasado, nuevamente retorna al blog este segmento dedicado a las cosas que me disgustan y me sacan de quicio. De acuerdo a lo que dije en algunos de los posts publicados el año pasado, la idea de escribir este segmento es hacerlo cuando sienta las ganas y el deseo de hacerlo. Y en los meses previos, esas ganas y deseos no los tenía presentes y prefería irlo postergando hasta nuevo aviso. Además, con ocho entregas anteriores en este segmento el año pasado, si se seguía a ese mismo ritmo, siempre estaba latente el riesgo de quedarse sin temas o agotarlos. Y prefiero publicar pocos posts pero con temas que sean nuevos o no cubiertos, a escribir más posts y de repente, hasta siendo repetitivo. Y como hice en ese último post, este post contendrá una de las cosas que me molestan y también el acostumbrado roche que me haya tocado pasar en algún momento de mi vida.




1)  Una de las cosas que francamente me sacan de quicio es por un lado la conchudez de algunas personas ante los asientos reservados o preferenciales que hay en una combi, micro u omnibus, y por otro lado, la manipulación grosera que varias personas hacen para acceder a un asiento reservado o una cola preferencial. Vamos por partes. En primer lugar, como ya sabemos, en estos últimos años se ha decidido –y de manera positiva- incluir en toda combi, micro u ómnibus, los llamados asientos reservados o preferenciales. Yo ya he tomado la costumbre de jamás sentarme en uno de esos sitios, por la sencilla razón de que al primer anciano o embarazada que suba al micro, obligado tienes que pararte a ceder el asiento, bajo apercibimiento de ser considerado un insensible hijo de perra que le importa un rábano que un anciano padezca parado el trajín de un viaje en micro. Definitivamente no soy así y por eso, cuando con mi esposa subimos al micro nos vamos al medio o al fondo. Si todos tuvieran claro eso, las cosas serían ideales para aquellos que necesitan que se les dé el asiento. Pero no, lo peor es que hay gente que cuando suben al micro, con toda la conchudez del mundo se ubican en esos asientos preferenciales y cuando sube alguien de avanzada edad, ni se inmutan y siguen como si con ellos no fuera la cosa. Y lo peor es cuando algunos llegan al descaro de hacerse los dormidos. Eso me provoca una gran indignación y francamente da ganas de tirarles agua hirviendo. Eso me hace recordar cuando el año pasado estaba en un micro sentado en la parte del medio y un tipo entre 20 y 25 años estaba sentado en el sitio reservado y estaba leyendo su periódico. Subió en ese momento una joven embarazada y nadie se dignaba a darle el asiento, y menos ese individuo que estaba usurpando el asiento reservado. El tipo seguía leyendo y en eso, una señora de mediana edad, tomó su periódico, lo envolvió y le tiró un periodicazo en la cabeza al sujeto, y le dijo: “Oye, ¿eres ciego o sordo? ¿No ves que la señora está embarazada y necesita sentarse donde tú estás?”. Al idiota ese no le quedó otra que pararse obligado por las circunstancias, y cederle el asiento a la joven, y encima tuvo la frescura de decirle: “Disculpe, no la había visto”. De verdad, que merecía que lo lincharan.


Y por otro lado, está el aprovechamiento de esta preferencia que se le debe dar a determinadas personas para que puedan sentarse en asientos reservados o también hacer una cola preferencial, cuando hay una cola larga en un banco. Hasta donde tengo entendido para que alguien tenga derecho a esa preferencia, tanto en un asiento como en una cola, debe estar comprendido en los siguientes casos:

A)   Ancianos o ancianas.- Aquí me refiero a esos viejitos que apenas pueden con su alma y que sería una crueldad que viajen parados en el micro o hagan cola por prologados minutos o hasta por horas. Anciano es alguien que según mi criterio, ya haya pasado los 65 años.

B)   Jóvenes o señoras embarazadas.- Aquí entra desde aquella que tenga uno o dos meses de embarazo y apenas se le note la pancita, hasta la que tiene ya 9 meses y su barriga es un globo a punto de explotar. Aquí no cabe eso de que “no está tan embarazada”. Lo está o no lo está, y si lo está, no joroben y no se hagan los locos.

C)   Señoras con bebe.- Aquí incluso puede incluirse a un caballero que está con su hijo de meses de nacido o en sus primeros años. Si una señora está cargando a su hijo, sería inhumano hacerla esperar haciendo cola o viajar parada. De ninguna manera incluye aquellos casos cuando el hijo es un manganzón de más de 10 años.

D)   Discapacitados o minusválidos.- Creo que en este caso, no se necesita mayor explicación. Claro, eso tampoco comprende a los que estando sentado en un asiento reservado, de un momento a otro dicen que les duele fuerte la pierna y que están cojeando. Sí, cuñadito.


Para mí, esos son los cuatro claros ejemplos que califican para acceder a esta preferencia. Si la gente entendiera claramente eso, no habría problema y la fiesta se llevaría en paz. Pero no, hay una manipulación grosera de este concepto y sobre todo, en las colas en los bancos o cualquier otro servicio. No les miento, muchas veces he visto, señores o señoras que por el solo hecho de tener canas o la cabeza blanca, ya se lanzan de frente a la cola preferencial. Y uno los ve desplazarse de lo más normal. O sea, para el resto de cosas, todavía no estás viejo, pero cuando se trata de no hacer cola, eres un viejo decrépito que no puede con su alma. Esa conchudez me revienta. O señoras que porque tienen más de 50 años se creen con el derecho de meterse a la cola preferencial, pero igual lucen bien pintaditas y arregladas. Francamente cualquiera hace cola preferencial. La gente que me conoce sabe que no hace mucho cumplí 50 años y que tengo canas en todo el pelo y con ese criterio, la próxima entro a un banco arrastrando los pies y con un bastón para hacer mi cola preferencial. Y eso que en los bancos y en los asientos reservados, debajo de la palabra “Asiento Reservado”, aparecen los cuatro dibujos de los casos que acabo de señalar. Entonces, ¿qué tiene la gente en la cabeza? ¿Es bruta o es caradura?





2)  Ahora toca el turno al acostumbrado roche que en algún momento de mi vida me haya tocado pasar. Aunque en honor a la verdad, no soy una fuente inagotable de roches o situaciones vergonzosas y ya el año pasado he contado ocho de este tipo de situaciones embarazosas. Y haciendo un poco de memoria, recuerdo una situación bochornosa que me tocó pasar allá por el año 1985, cuando era practicante en un estudio. Tenía 22 años y estaba en Octavo Ciclo en la Facultad de Derecho y era hora de practicar. Y por intercesión de mi viejo, entré por unos meses al Estudio Loli, del Dr. Luis Loli Roca –ya fallecido-, quien era abogado y también periodista –por allí conocía a mi viejo. Los primeros meses eran lo usual para un practicante: pagas tu derecho de piso y te encargas de salir a hacer tal o cual trámite o ir a dejar un escrito a alguna escribanía o secretaría de juzgado.  Y recuerdo que un día, el Dr. Loli me llamó a su oficina y me dijo que tenía un caso de unos piuranos, referentes a un juicio ejecutivo o algo por el estilo. Honestamente, los detalles no los recuerdo, pero era algo así como que un tipo les debía plata a estos piuranos y ya se había presentado la demanda ejecutiva y había que gestionar con el juez para que dictara una medida cautelar, o algo parecido, contra el deudor. El hecho que los piuranos habían venido a Lima para ver de cerca ese proceso y el jefe me dijo que fuera con ellos a hablar con el juez y le expusiera la situación y lo persuadiera para que dictara la medida cautelar. Cuando llegaron los piuranos, en ese momento me dije, “¿Con ellos voy a ir donde el juez?”. Lo que pasa es que ya hacía calor en ese momento, y los dos tipos vinieron recontra abrigados.  Eran los típicos recién bajados, chutazos y prietos, con casacón, pantalón de tela y zapatillas blancas. Solo les faltaba decir “Guaaa”. Pero lo peor era que los tipos apestaban y horrible. Olían a mula muerta. Ni mi perra cuando no se baña en dos meses olería así. Honestamente era un sacrificio ir con ellos hasta allá. Salimos a tomar una combi que nos dejara en Arequipa con Javier Prado, a una cuadra de los Juzgados Civiles. En la combi se sentía el olor a mofeta de los piuranos y como yo estaba con ellos, la gente volteaba con gesto de asco y me incluían en la mirada demoledora.  Y eso que estaba al fondo de la combi. Incluso recuerdo que dos chiquillas bien simpaticonas levantaron la mano para parar la combi y subir y cuando la primera puso el pie en el escaloncito para entrar, vio al fondo y le cambió la cara y dijo: “¡Ay no, que fue huelen!”. Yo quería que me tragara la tierra. Y llegamos a Javier Prado y caminamos hacia los Juzgados y antes de entrar, le dije a los tres, que yo iba a hablar con el juez, que ellos no abrieran la boca para nada. Eran capaces de repente de soltar una pachotada y fregarla toda. “Ustedes dejénmelo a mí, ni una sola palabra cuando estemos con el Juez, ¿OK?”. Los piuranos asintieron con la cabeza y subimos al despacho del juez. Tras comunicar a la secretaria que se encontraba allí que deseábamos hablar con el Juez, nos hicieron esperar algunos minutos, porque el Juez estaba en reunión con otra persona. Cuando salió, la señorita me dijo que podíamos pasar no sin antes mirar a los piuranos con cierto gesto por el olor que emanaba de sus humanidades.  Entramos y nos sentamos. El Juez era un tipo que tendría de 35 a 40 años, relativamente joven y era bastante tratable. En poco tiempo, le expuse el caso y la necesidad de que se decidiese una medida cautelar para garantizar el cumplimiento de la obligación del deudor. Luego que terminé de hablar, el Juez me dijo que había revisado el expediente y que efectivamente, estaba de acuerdo con lo que le había indicado y me dijo que de todas maneras iba a determinar que se diera esa orden cautelar y que era cuestión de esperar nomás. Con ello, la reunión con el Juez había sido positiva y nos paramos para retirarnos y le agradecí al Juez por su tiempo y por habernos recibido. El tipo se sonreía al ver la facha de los piuranos. Y cuando estaba ya en la puerta esperando que el último de los piuranos se despidiera del Juez, veo que este sujeto se mete la mano al bolsillo y le dice al Juez: “Muchas gracias, doctorcito –con acento piurano-, ¿Quiere que le deje aquí algo para su gaseosita?”.  En ese instante, me quedé helado y quería que me tragara la tierra, ya que luego de haber hecho una buena gestión, en un segundo, uno de estos tipos con su iniciativa, dejó la imagen por los suelos. El Juez se rió y le dijo, “No se preocupe”. Cuando salimos a la calle, lo quería matar al tipo y le dije su vida. “¿Cómo se te ocurre decirle eso al Juez? ¿Acaso estamos en tu tierra en donde al Juez lo compras con cinco chapitas?”. Lo único bueno fue que los piuranos no tenían que regresar al estudio y ya me regresé solo sin olores pestilentes alrededor mío.


Esta ha sido la novena entrega de esta sección “COSAS QUE ME DISGUSTAN” y de paso, la primera de este año 2013. Ya regresaremos con más temas que no gozan de mi agrado y que siempre es bueno, fijar una posición crítica al respecto y compartir opiniones e intercambiar algunas experiencias con la gente que deja sus comentarios. Como les dije, dependiendo de cuan motivado me sienta al respecto. Puede ser dentro de un mes, como dentro cuatro, cinco o seis meses. Y como siempre, los espero con sus visitas y comentarios. Hasta la próxima.








domingo, 25 de noviembre de 2012

COSAS QUE ME DISGUSTAN - VIII




Llegamos a la octava entrega de esta sección. Pensaba publicar este post ayer, pero a raiz de la noticia de la muerte de Larry Hagman y el post que publiqué ayer, tuve que postergarlo para hoy. Y quiero detenerme un momento en este punto. De hecho que muchos deben estar preguntándose por el cambio en el título de la sección, ya que antes se llamaba “Cosas Que Odio”. El hecho es que el pasado fin de semana, conversando con personas muy cercanas a mí, me hicieron ver que la palabra “Odio” no era positiva y que más bien por un lado, jalaba energía negativa y por otro lado, podía generar una impresión u opinión equivocada de mi persona. Claro, cualquiera que no me conoce lee el título del post y lo primero que le puede venir a la mente es que quien escribe sea un sujeto amargado, antipático, llorón, cascarrabias, lleno de odios, rencores y fobias y un resentido social que ladra y muerde. Para nada y en lo absoluto tengo algunas de esas “cualidades”. La gente que me conoce sabe cómo soy, y aquí hay que ser como la mujer del César, “no sólo serlo, sino parecerlo”. Así que buscando un nombre que fuera lo menos “agresivo” posible, preferí elegir “Cosas Que Me Disgustan” en vez de cosas que no soporto o no tolero. Aunque en el fondo, de hecho muchas de las cosas que he posteado me parecen insoportables y hasta odiosas, pero las cosas entran por los ojos y no vaya a ser que alguien nuevo entre al blog, vea ese título de “Cosas Que Odio” y con las mismas, se dé media vuelta y se vaya porque el bloggero es un rencoroso de primera. Bueno, hecha la aclaración, es momento de dedicar esta octava entrega con una de las cosas que más me disgustan y el acostumbrado roche.

1) En esta oportunidad, el tema elegido es la Hipocresía. Si de por sí, la mentira es reprobable, en mi opinión, la hipocresía es peor. La hipocresía es aparentar lo que no se es, ya sea porque esa es la esencia del hipócrita o porque se hace con miras a un fin determinado. En el primer caso, la persona hipócrita finge cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente tiene o experimenta. Y en el segundo caso, el típico ejemplo es el que le gusta una chica y quiere tratar de impresionarla diciendo que hace o que le gustan las mismas cosas de la niña, aunque por dentro sienta arcadas; o del que quiere ser aceptado en un grupo y finge lo que no es. 


Una cosa es que te mientan y otra cosa es que delante de ti y en tu propia cara, te pongan una cara de “Amo a mi Mamá” con una sonrisa típica de un político necesitado de obtener votos y encima te digan “¡qué lindo (a) que eres!”, y apenas te das la espalda, te clavan no solo uno sino una avalancha de puñales y te califican desde miserable, pobre diablo  o hasta de gay asolapado. Y lamentablemente eso abunda y en todos lados. Si alguien te cae mal, al menos lo mejor es la honestidad y preferible es ser frío, distante o hasta maleducado que aparentar que es tu “best friend” y en su ausencia considerarlo como el equivalente a un tacho de basura. En donde más se esparcen estos sujetos es en las oficinas o en las universidades, en donde muchos por querer guardar las apariencias se muestran como “los amigos de todos”, pero cuando se juntan con personas con similares “intereses” se quitan la careta y lanzan dardos incendiarios contra las personas en cuestión. Normalmente la hipocresía puede ir acompañada del raje, del chisme barato, de la mala habladuría y hasta de la difamación gratuita, con el cual se desnuda la mentira inicialmente mostrada. Y esa es la típica conducta del que tiene dos caras: una frente a ti y otra a tus espaldas. Y la verdadera es la que vomita a tus espaldas porque ha tenido que hacer esfuerzos sobrehumanos para aparentar que le caes bien y que te estima y te quiere como a un hermano, cuando en realidad lo que desea fervientemente es que te arrolle un tren o que el techo de tu casa se te caiga encima.

Todos, de una forma u otra, hemos pasado por eso, de enterarte que alguna persona que te pareció super sincera, al final resultó ser más falsa que caricia de prosti. En mi caso, lo he vivido en la Academia, en el colegio, en la universidad y en algunos sitios donde trabajé. Claro, al comienzo joroba porque uno no dio motivos para que lo llenen de calificativos. Pero, al final, ellos se lo perdieron. De todos esos casos, quizás el más pesado fue cuando trabajaba en un estudio hace ya 21 años y había un tipo que era patero, aparentemente amigable y buena onda, y al final, me enteré que fue un total serrucho y como era el engreído del jefe le metió ideas en la cabeza para que me sacaran de allí y así sucedió. Pero no solo la cosa quedó allí, el tipo hasta llegó a decir que porque el que escribe era fan de QUEEN, entonces era un recontra gay consumado –poco faltó decir que era miembro fundador del MHOL. Lo bueno es que la gente que conocí allí, sabía de qué pie cojeaba ese sujeto y al final ni le creyeron. 


2)  Es momento para el acostumbrado roche que siempre escribo en esta sección.  Y creo que este debe ser el primero de los roches que debo haber pasado porque me sucedió cuando tenía entre 4 y 5 años de edad. Y me acuerdo de ello y ahora me causa risa. En esa época, entre 1967 y 1968, vivía a media cuadra de Wilson y al frente estaba el Parque de la Exposición, y de niño jugaba allí y ya sea mi viejita o mi viejo, o a veces, nuestra empleada, me llevaban allí para que corriera y jugara. Era un día domingo en la tarde y estaba en el parque con mis viejos y jugaba con mi pelota. Como todo día domingo había siempre regular número de gente que iba a lo mismo. Y en un momento cuando estaba jugando inocentemente con mi pelotita, a mi costado había un perrito chiquito que estaba bastante inquieto y cuando me vio, se vino hacia mí. Bueno, teniendo presente que solo tenía entre 4 y 5 años, me asusté y comencé a retroceder y el perrito siguió avanzando. Y en un momento, me puse a correr y el perrito corrió atrás mío. Y mi inocencia infantil, sumado al miedo –o pavor, mejor dicho- que tenía, hizo que me pusiera a correr en círculos y el perrito iba detrás de mí. Me acuerdo que mis viejos me decían “¡Deténte, para nomás!”. Pero no hice caso, con la idea que si seguía corriendo el perrito no me iba a alcanzar. Y me habré dado como unas cinco vueltas, hasta que los dueños del perrito lo levantaron, mientras se mataban de la risa, al igual que mis viejos. Mi viejo riéndose me decía que era un zonzo que si me hubiera detenido el perrito no me iba a hacer nada.  Y mi viejita era la que más gozaba de mi "astucia". Y con los años, cada vez que en la casa alguien sacaba el tema del perrito, mi viejita literalmente se arrastraba de la risa sin parar. Viéndolo ahora me doy cuenta de lo pelotudo que fui, pero fue parte de la infancia, que uno la recuerda siempre con alegría.

Esta ha sido la octava entrega de esta sección “COSAS QUE ME DISGUSTAN” y de paso, la última de este año 2012. Ya regresaremos en el 2013 con más temas que no gozan de mi agrado y que siempre es bueno, fijar una posición crítica al respecto y compartir opiniones e intercambiar algunas experiencias con la gente que deja sus comentarios. Como siempre, los espero con sus visitas y comentarios. Hasta el 2013.


lunes, 29 de octubre de 2012

COSAS QUE ME DISGUSTAN- VII




Tras haber descansado el mes pasado, regresa en este mes de octubre, el segmento personal titulado “COSAS QUE ME DISGUSTAN”, en su sétima entrega. Y como señalé en el post anterior, a partir de este post y con la finalidad de no agotar rápido los posibles temas de esta sección, irá una cosa que deteste y el acostumbrado roche, que puede haberme sucedido a mí como a cualquier otra persona conocida mía. Y en esta ocasión, he querido elegir un tema que al menos para mí, va a servir de catarsis y al que le caiga el guante, que se lo chante.

1)  Sinceramente una de las cosas que más odio, y con todas mis fuerzas, es la infidelidad, ya sea masculina o femenina. Aunque la que más predomina es la masculina por el machismo que impera en muchas sociedades, sobre todo, en el ámbito latino. Desde todos los ángulos, considero la infidelidad como una total falta de respeto a la otra persona y una evidencia de deshonestidad absoluta. Y no me vengan con que si la persona sacó los pies del plato es porque algo de responsabilidad tuvo su pareja por no darle lo que el otro necesitaba o porque esa relación ya no daba para más. Si vas a salir de cacería o si juegas a doble cachete, lo mejor es tener la decencia y consideración hacia la otra persona –si algo significó en tu vida en algún momento- para decir “hasta acá nomás y buenas noches, los pastores” y así evitarle una humillación pública a tu “aún” pareja. Porque el adorno en su frente lo va a tener y entre cuchicheos va a ser el hazmerreír de las chismosas y chismosos. ¿Le importa tan poco al infiel que señalen a su esposa o novia como la “pobre y triste cornuda de América”? Si se pone punto final a la relación, el susodicho –o susodicha de ser el caso- puede hacer de su vida lo que quiera y puede levantarse a cuantas féminas desee, ya que no debe rendir cuentas a nadie. Pero hacerlo y poner cuernos cuando está dentro de una relación es de lo más cobarde. Y aquí me pongo en los dos casos: si se tratase de un choque y fuga, un “chiquitingo ocasional”, una noche loca de copas o “algo que no involucró sentimientos” –si cuñado, anda nomás que otro pelotudo te crea-; o el caso de tener otra relación ya sea como amante, amiga más que cariñosa o “calentado” y que ya involucra una frecuencia que colisiona con el tiempo que debería dedicarle a su pareja el supuesto “aventurero matador”. Para mí, la infidelidad es excluyente de una relación, no es un “complemento”, un plus o una consecuencia natural de una relación. Una relación, ya sea matrimonio o de enamorados, implica entre varios elementos, el amor y el respeto. Y al ser infiel, la persona no solamente está demostrando que no ama a su pareja sino que también está faltando groseramente ese respeto que nunca debe perderse entre una pareja. Y eso mata cualquier relación porque nada justifica un engaño de esa naturaleza.

Hay una verdad que es clara y cierta: el infiel no cambia. Eso de que le promete el oro y el moro a su esposa y le dice que va a cambiar y que se considera un hombre distinto es equiparable a cuando el borracho dice recontra resaqueadazo al día siguiente de una borrachera descomunal -por la cual al sujeto lo han llevado en calidad de bulto a su casa- que ya nunca más va a volver a tomar. El infiel nace, no se hace. Eso lo lleva en las hormonas y normalmente los tipos son unas hormonas andantes con patas y son de los que piensan no con el cerebro sino con la bragueta y cada vez que ven a una mujer en la calle que se encuentre bien proporcionada, giran la cabeza -misma Linda Blair en “El Exorcista”- sin importarle si están caminando con su pareja al lado. Esa gente no cambia. Lo que podrá hacer es tranquilizarse por un período -o mejor dicho, aguantarse-, sobre todo si le han perdonado una infidelidad y el tipo quiere reivindicar su imagen de “esposo abnegado y amoroso”. Pero por dentro, debe sentirse como una bomba de tiempo a punto de explotar porque le pican los pies cuando los amigotes lo quieren invitar para irse de cacería un día viernes –día preferido por los infieles para pecar con roche. Al comienzo podrá aparentar, fingir o actuar que nada lo puede perturbar –como digno merecedor de un Oscar a Mejor Actor-, pero tarde o temprano, el “señor hormona” que habita en su cuerpo lo habrá agarrado a golpes al “señor cerebro” y mismo pelotero que reaparece en las canchas, saldrá a recuperar el tiempo perdido. Es como el adicto o el alcohólico, es algo que lo tiene en los genes y si el tipo realmente ama a su pareja y quiere cambiar, necesitaría exorcizar sus demonios internos y externos, aunque en realidad lo que necesitarían es una lobotomía.

Sobre este tema, yo tengo una posición muy clara. Conmigo no van esas tonterías de estar bien con Dios y con el diablo. Es blanco o negro, no hay tonos grises o plomos. Y muchas veces, lo confieso, soy visto como un bicho raro, un ser de otro planeta o de una galaxia muy, muy lejana. Pero soy así por una razón fundamental: amo demasiado a mi esposa como para hacer algo que la hiriese. Jamás le podría hacer eso a alguien a quien amo. Y además, porque SE lo que se siente cuando estás en el otro lado de la vereda, dentro de los toros de lidia con sus respectivos cuernos. No voy a entrar en detalles, pero SE lo que es el hecho que te adornen. Y créanme, no es nada placentero, en lo absoluto. Duele y duele como mierda. Y sabiendo lo que se siente, ¿sería yo capaz de hacerle sentir lo mismo a la persona que más amo? Jamás. Y como siempre lo he dicho, ¿Para qué voy a buscar menús afuera cuando tengo un buffet en casa? Es cierto, somos hombres, y normalmente estamos expuestos a tentaciones. Ni que fuera un cura que vive en un monasterio. Pero todo depende de uno mismo. Y les pongo un ejemplo. En el 2009, por motivos de trabajo, viajé por 4 días a Bogotá, Colombia, con mi hermano Alex. Ya ustedes saben cómo son las mujeres colombianas. Son lindas y amables. Y yo he estado con mi hermano un sábado –un día antes de nuestro regreso a Lima- en un pub, tomando unos tragos. En ese ambiente había mujeres guapísimas y solas. ¿Ustedes creen que me picaban los pies para jugarme un “partidito no oficial”? Si fuese un sinvergüenza, hubiera dicho “ojos que no ven, corazón que no siente” y hubiera sacado los pies del plato. Es lógico que uno mire y aprecie la belleza que desfila antes sus ojos. Pero no me interesaba ni me generaba un aumento en el impulso hormonal en ese instante. 

Finalmente, el infiel cuando es ampayado o descubierto, se siente mal y por los suelos porque dice sentirse arrepentido. Bullshit. El infiel se siente mal no porque se dio cuenta que actuó mal o porque esté arrepentido y su conciencia no lo deja tranquilo. No, ellos ya aniquilaron su conciencia, y se sienten mal porque simple y llanamente fueron descubiertos. Así de simple. Si no lo hubieran descubierto infraganti y con las manos en la masa, seguiría impunemente afincando sus banderas en cuanto territorio pise, sin ningún fucking sentimiento de remordimiento. “Soy un macho semental”, dicen algunos. Pero lo que no se han puesto a pensar estos granujas es la posibilidad que a ellos les pasara exactamente lo mismo, esto es, que le paguen con la misma moneda. Allí su orgullo de “macho que se respeta” se iría al fondo del inodoro y sabrían exactamente lo que sienten sus parejas con sus mentiras e infidelidades. Y no suelo poner videos de Youtube en este segmento, pero en esta ocasión y en este tema en particular, voy a finalizar este tema con este muy buen video del tema “Part Time Lover” de Stevie Wonder de 1985. En el video se ve a un sujeto que le saca la vuelta a su esposa de la manera más conchuda e impune. Hasta que la mujer decide hacerle probar de su propia medicina y cuando el sujeto está bailando alegremente con su amante en una discoteca, de improviso le cambia la cara radicalmente cuando divisa a su esposa bailando con un amigo suyo y besándose ambos. La cara del sujeto es impagable y provoca decirle “¿Te duele, mierda? ¿Qué se siente, hijo de puta?”. Y refregárselo en la cara con regocijo. Eso pondría las barbas en remojo a tanto sacavueltero. Disfruten el video.




2) Y ahora el turno de los ya comentados roches. Hay diversos tipos de situaciones que te hacen pasar un momento más que incómodo y que provoca meter tu cabeza en un agujero o ponerte una bolsa de papel encima para no ver a nadie. Y realmente una situación que te hace pasar vergüenza si hay gente alrededor es cuando estás en una fiesta o reunión en donde la música está a un volumen alto y para lo cual, si deseas conversar con alguien, tienes que gritar para hacerte escuchar. Y no hay nada peor que en el momento que dices algo, de improviso alguien aprieta “stop” a la música y lo que acabas de decir, se escucha en todo el ambiente. Y si has dicho algo subido de tono, peor aún. Y eso me ha sucedido algunas veces, pero las que más recuerdo fueron dos. La primera fue en una fiesta en la época del colegio en casa de un amigo y ya había un buen número de gente en la casa. Yo estaba conversando con un amigo y en eso pasaron una canción que me gustaba y le digo a mi amigo, “esta canción es de la concha de su madre”, y en el momento en que mis labios pronunciaban la palabra “es”, parece que quisieron cambiar de canción y sin asco, la sacaron y mi voz se escuchó como si hubiera usado megáfono.  Ya se imaginarán que todas las caras voltearon hacia dónde estaba y no sabía en donde meterme. Tierra trágame. Y la segunda fue en una fiesta en la época de la universidad y era una situación similar, y un amigo me preguntó si había visto a otro amigo y acto seguido le contesté, “todavía no ha venido este huevón” y segundos antes, silencio total. Bochorno total. Pero eso no es nada comparado con lo que les pasó a dos personas. En la época de la universidad, situación similar y en eso, sin preguntar la música se interrumpe en el acto y se escucha que un tipo le estaba diciendo a una chica, “¿por qué no quieres estar conmigo?”. Pobre sujeto, toda la fiesta se enteró que había rebotado con roche. Y la otra fue en un cumpleaños de un amigo de un amigo, y cuando alguien apretó stop para sacar el cassette que contenía la música que se estaba escuchando, alguien le dijo a otra persona, “Qué feo está este escabeche de mierda”. Poco faltó para que lo lincharan al pobre tipo. Moraleja que queda de estas experiencias, mide bien lo que dices cuando estés en un lugar donde la música está en un volumen bien alto.

Este ha sido la sétima entrega de esta sección personal. Espero que estos temas hayan sido de su agrado y como siempre, los invito a comentar o compartir sus experiencias alrededor de estas cosas que no gozan de mis preferencias. Gracias a todos por estar pendiente. Será hasta el próximo mes de Noviembre. 




sábado, 25 de agosto de 2012

COSAS QUE ME DISGUSTAN - VI




Y ya estamos acercándonos a fin de mes. Y como ya algunos lectores se han comenzado a acostumbrar a esperar la sección de “Cosas Que Me Disgustan”, no deseo decepcionarlos. Sinceramente pensaba en darle un descansito sabático de dos o tres meses, para no agotar todos los temas, pero me vinieron las ganas de escribir un post más de este segmento, con aquellas cosas que detesto en la vida y con el roche ya incluido en el tercer punto. Así que aquí continuamos y como el último día 31 cae viernes, he preferido publicar este post en el último sábado del mes.

1)  Una de las cosas que sinceramente odio y genera que la imagen que la persona que lo hace se haga trizas para mí, es que me mientan. Detesto la mentira. Y no estoy hablando de mentirillas blandas o que no generan daño o consecuencias negativas. Todos hemos soltado nuestras mentirillas cuando hemos sido niños, adolescentes, jóvenes y hasta adultos y normalmente lo hemos hecho para salvar nuestro pellejo de alguna situación negativa, incómoda o perjudicial o para evitar un castigo de parte de nuestros padres o profesores. Pero mentir deliberadamente y a sabiendas que lo que se dice es una total y absoluta mentira, es algo que siempre me ha reventado. Si descubro que una persona me ha mentido, en ese instante, muere para mí y mentalmente le digo, “te vas a la mierda, y ahorita mismo y en el acto”. Pero si hay algo que es peor que eso, es el cinismo. Cómo me hincha cuando veo a alguien con una actitud tan cínica que uno hasta llega a dudar y en un momento de “actitud de buena gente”, se dice a sí mismo “debe estar diciendo la verdad porque suena tan convincente” y termina creyéndosela. Y al final lo único que fue convincente es el haber quedado como un perfecto idiota al creerle al sujeto en cuestión. Y otra cosa que no tolero es que además de mentirme, me pretendan tomar como un perfecto imbécil con una mentira que a leguas se nota que es inspiración de un político de segunda y en decadencia. A esos me provoca agarrarlos a patadas y en el suelo por pretender ofender mi inteligencia. Un caso aparte son los mitómanos. He tenido la poca fortuna de cruzarme en el trayecto de mi vida con varios de estos especimenes y son realmente patéticos y lo peor es que se juran los dueños de la verdad y los únicos que la saben. Y muchas veces no se dan cuenta que en un momento dice una cosa y otro día terminan diciendo otra cosa. O son maestros en inventar cosas que supuestamente ellos vieron o escucharon para autoproclamarse como los portavoces de la verdad. Y basta nomás para que cualquier persona que tenga un mínimo conocimiento de los hechos, se ponga a desmenuzar las “verdades” proclamadas por esos sujetos para descubrir que todo ha sido una total payasada.

No voy a mencionar nombres, pero en dos oportunidades me topé con este tipo de payasos y que fueron gente cercana a mí, y si hay algo que su estrecha mente no puede permitir es que otra persona sepa, vea o escuche algo antes que ellos.  Y contaré el caso de uno de ellos. Estábamos en una reunión y al sujeto que lo llamaremos “A”, le gustaba mucho la banda norteamericana Cheap Trick y decía que los había visto en Chile en el año 1989 en el Festival Viña del Mar. Se regodeaba hablando del concierto y las personas con quienes hablaba no sabían un carajo de música y lo escuchaban embobados. Y mientras más hablaba, más se le hinchaba el pecho de orgullo y para seguir impresionando, no supo hacer otra cosa que meter la pata y con roche. Por ese año 97, la banda U2 estaba de gira mundial y recuerdo que salió la noticia que en un concierto de la banda, Bono tomó un teléfono y llamó a la Casa Blanca y habló con el Presidente Clinton en ese momento. ¿A qué va esto? A que quizás confiando en que la ignorancia de la gente le podía permitir despacharse a sus anchas, “A” tomó prestado el ejemplo de lo sucedido en el show de U2 y lo trasladó a 1988 en Chile. Y dijo alegremente que en un momento, el cantante de Cheap Trick tomó un teléfono y llamó a Clinton y habló con él. La gente observaba boquiabierta diciendo, “¡Anda, en serio! ¡Qué bacán, qué alucinante! ¡Lo máximo!”. Pero algo con lo que no contaba “A” era que yo estaba enterado del panorama musical y sabía que eso había sucedido en un concierto de U2 y además sabía otra cosa que desbarataba por los suelos su “alucinante experiencia”. Y tranquilo y riéndome, le dije, “¿En serio? ¡Qué casualidad, exactamente lo mismo ha sucedido hace poco en un concierto de U2! ¿Estás seguro que era Cheap Trick?”. La cara de “A” comenzó a cambiar y suelto de huesos, dijo, “¡Claro, cómo puedo olvidarme de eso!”. En mi interior, decía, “Pobre imbécil”, y la estocada final se la dí al decirle, “Oye, ¿pero estás seguro que era Clinton? Porque hasta donde sé él asumió la presidencia en 1992 y en el 89 él ni era candidato y el presidente era George Bush”. La gente se quedó calladita y “A” solo atinó a decir, “creo que sí” y de inmediato cambió de tema y yo me paré y me fui a otro ambiente.

2)  Una de las cosas que desde hace ya varios años no aguanto ni soporto es viajar parado en un micro o en un ómnibus. Llámenme exagerado, maniático o comodón, pero no me gusta viajar parado. Sobre todo, si ya durante mi etapa escolar, universitaria y profesional, ya sé lo que es pasar por viajar en un micro lleno y a punto de reventar. En los 80’s y 90’s, era una tortura china subir a un micro porque no encontrabas uno en el que pudieses ir aunque sea tranquilo. En cada paradero se llenaba más y más de pasajeros –como todavía subsiste el día de hoy- y no solamente tenías que lidiar con olores delictivos sino con humanidades que te rozaban o que se chocaban contigo al pasar. Y lo peor era si te tocaba la “suerte” de ir colgado del estribo. Un par de veces pasé por esa “proeza” y cuando veía el suelo me imaginaba que en cualquier momento iba a caer como un costal de papas a la pista. Ya habiendo vivido bastantes experiencias al haber viajado en micro, a estas alturas del partido, simplemente ya tomé la decisión de no viajar parado en un micro. Y prefiero esperar y esperar en un paradero a no ir sentado en mi asiento. Y a veces eso me ocasionado discusiones –no peleas- con mi esposa, que quiere subirse a un micro para ir a la casa y yo no doy mi brazo a torcer. Las únicas veces en que he quebrantado este “juramento de maltratado pasajero de micro” ha sido cuando he viajado en el Metropolitano, porque el viaje es rápido y la incomodidad que puedo sentir es muy breve. Pero fuera de eso, me pone de mal humor cuando estoy parado en el micro y encima si tengo cosas en la mano –como usualmente sucede- es peor y tener que aguantar los gritos del cobrador que te dice a voz en cuello, “avancen al fondo que está vacío” o “colaboren pues”, es algo que a mis 49 años de edad no estoy dispuesto a aguantar más. 

Y aquí me acuerdo una vez cuando viajaba en un micro y estaba a un nivel de hacinamiento que hasta sentías que faltaba el aire. Y encima el cobrador todo el maldito viaje se la pasaba gritando con un vozarrón propio de un carretillero a todos que avanzáramos al fondo que estaba vacío. La situación llegó a un nivel de hartazgo que por allí alguien soltó en voz baja, “¿Vacío? Tu cerebro es el que está vacío?”, provocando la risa de la gente. Y había una señora de mediana edad que estaba parada cerca de la puerta y el tipo a cada rato le decía que se fuera al fondo y la señora le decía que ya iba a bajar, y el tipo refunfuñaba e insistía en que se fuera al fondo. Y la señora que era de armas tomar, simplemente habría visto colmada su paciencia y explotó y de pico a pico le dijo al tipo, “Oye, ¿Qué te pasa? A mi no me vas a hablar así. ¿Crees que todos somos brutos como tú?”. Y lo remató al tipo diciéndole lo siguiente: “¿Y qué tanto gritas? ¿Eres inseguro acaso? O más que seguro que necesitas reafirmar tu hombría y la debes tener bien chiquita”.  El tipo se quedó calladito y todos en el micro estallaron de la risa. Poco faltó para que a la señora la aplaudieran de pie.

3)  Y es momento del contar el roche del mes. Y esto fue algo que me sucedió cuando tenía entre 19 y 20 años. Recuerdo que estaba con mi viejita y la había acompañado al mercado a hacer las compras. Y mientras mi vieja iba escogiendo las verduras y frutas que iba comprando, en un momento levanté la mirada y ví a una tipa bien despachada que estaba a varios metros de distancia. Cruzamos miradas y la tipa como que sonrió un poco. En ese momento, esperaba que mi vieja se tomara todo el tiempo del mundo en hacer sus compras, para seguir chequeando a esa tipa que no estaba nada mal y se le veía bien despachada. En eso, mi vieja me vio y se dio cuenta de mis miradas y me dijo, “no estés mirando”. De inmediato, le dije, “No estoy mirando nada” y me contestó, “No te hagas, bien que estás mirando para allá”. En ese momento le dije, “¿Y qué tiene de malo? ¿Acaso estoy haciendo algo malo? ¿O qué quieres, que me ponga a ver a un hombre?”, mientras me daba cuenta que la tipa seguía mirándome y sonriendo de manera coquetona. Y en eso, mi madre, de la manera más tranquila y contundente, me dijo lo siguiente: “ESE a quien ves, me peina”. De manera instantánea, me quedé calladito, me di media vuelta y le dije, “Mamá, apúrate para ir rápido a la casa”. Y ni siquiera volví a voltear para ese lado hacia donde minutos antes había estado mirando más que fijamente. Quería que la tierra me tragara y lo único que le dije a mi vieja fue, “No le digas a nadie” y sólo atinó a reirse.

Este ha sido la sexta entrega de esta sección personal. Espero que estas historias hayan sido de su agrado y como siempre, los invito a comentar o compartir sus experiencias alrededor de estas cosas que no gozan de mis preferencias. Luego de este post, nos daremos un descansito de un mes para retornar con fuerza en el mes de octubre –salvo que este post reviente en cantidad de comentarios y reconsidere así esta decisión. Además la idea es no agotar los temas y llegar a una situación en la que ya no tenga nada por decir. Por eso, a partir de octubre, y con la finalidad de que esta sección dure regular, es que cada post contendrá una cosa que odie o deteste –y ya no dos- y el acostumbrado roche del mes. Gracias a todos por estar pendiente y esperar el post de esta sección. Hasta el mes de Octubre.



martes, 31 de julio de 2012

COSAS QUE ME DISGUSTAN - V




Y nuevamente llegamos al último día del mes, y ya está finalizando Julio. Y para no perder la costumbre, toca el quinto post del segmento “COSAS QUE ME DISGUSTAN”. Sabiendo que a menos, hay algunos amigos que están esperando este post, es que he querido cerrar el mes con este post y con dos cosas que detesto y con un roche más para la colección.

1)    Francamente una de las cosas que más detesto en la vida es la vulgaridad. No aguanto ni tolero a la gente vulgar, soez y chabacana. Una cosa es soltar tus carajitos o tu “a la m…”, o un “chessss….”, en un contexto en el cual no desencaje e incluso en el cual hasta puede llegar a causar algo de gracia o risa. Pero una cosa es eso, y otra ser un patético lisuriento que de 10 palabras, 11 son lisuras y dichas encima con pésimo gusto. Y no es que el que escribe sea un cucufato de primera o que me ponga rojo de rubor cuando escuche una lisura o una mala palabra. En lo absoluto, es más, yo reconozco que soy liso, pero con mis amigos y en un ambiente en el cual no incomode o moleste a terceros. Pero francamente escuchar una ametralladora de vulgaridades es algo que por un lado me enerva, pero por otro lado, me da lástima porque el sujeto que se ufana de practicar a veces el deporte del “alpinchismo” –muy típica de los chibolos cuando dicen “me llega al p….”-, o de “mierdear” a diestra y siniestra, me parece un individuo con el cociente intelectual de un simio o de retrasado mental, con el perdón de los pobres simios o los que sufren retraso mental. Y lo peor es que sueltan sus “perlitas” sin importar si hay alguna dama al costado o cerca, o de repente hasta una señora o alguien mayor. No, ellos se hinchan el pecho mismo pavo real escaldado y se jactan de ser los “non plus ultra” de la ciudad. Seguro que a esos les ponen un examen de kindergarten y salen desaprobados de manera escandalosa. Y eso es bastante común en los adolescentes, pero lo que más sorprende –aunque a estas alturas ya no debería sorprender- es escuchar a las chiquillas expresarse con los modales de un camionero, cuando conversan entre ellas. No hace mucho estaba en el micro y sentadas atrás mío habían dos chicas que ni llegaban a los 16 años y hablaban de una manera que a uno lo dejaba perplejo. Recuerdo que una le decía a otra, “oye y el fulano te hizo algo? ¿Te agarró arriba, abajo?” y la otra contestaba, “No, el maricón de m…., no hizo ni m….. La debe tener chiquita, grandísimo rosquete”. Fue suficiente para mí.  Finalmente, en cuanto a este tema de la vulgaridad, algo que realmente me produce rabia es cuando veo a esos que se creen galanes de polladas y cuando pasa una chica a su lado, lanzan el típico “ssssssssss”, o le mandan un beso que dura de una cuadra a otra. Honestamente eso me parece nauseabundo porque es un reflejo total de la vulgaridad y chabacanería elevadas a la máxima expresión. No tienen ningún tipo de respeto por dama alguna y abiertamente les dicen: “¡Que buenas tetas! O ¡que buen c…!”.  Y lo peor es que en su atrofiado cerebro, estos aprendices de animales juran que están conquistando a una fémina al estilo de James Bond y que encima, les van a hacer caso. La verdad es que a todos esos los envolvería en una bolsa y les prendería fuego. Lamentablemente ninguna chica está libre de estos especimenes.

Reitero, cuando una “palabrota” es dicha con gracia, hasta puede generar risas. Y eso me hace acordar una anécdota de un primo, a quien llamaremos “X”. X tenía apenas 5 a 6 años, y era recontra liso, pero como era un pericotito daba risa escucharlo decir algo así. Y una vez mi tía nos contó que estaban en una misa de 12, ella con mi primo, y atrás suyo estaban sentadas unas monjitas. La cosa es que el cura que daba el sermón era aburrido hasta decir basta y hablaba y hablaba y se mandaba como media hora de sermón. Era el mejor remedio contra el insomnio y la gente esperaba el momento en que el sermón acabara. Y mi primo X en un momento de impulso y quizás aburrido y hastiado de estar escuchando al cura hablar y hablar, mira a mi tía y le dice a voz en cuello y suelto de huesos: “Mamá, ¿este viejito pelado cojudo no se cansa de hablar?”. Mi tía estaba roja de la vergüenza y lo más curioso fue que las que más celebraron la gracia del niño fueron las monjitas que se comenzaron a arrastrar de la risa.

2)  Otra cosa que francamente detesto es el estúpido racismo. Y hablo del racismo de verdad. Una cosa es bromear o contar chistes racistas como “blanco colgado de un árbol: Tarzán; negro colgado de un árbol: higo”, y otra calificar a una persona por el color de su piel. Cuando veo la ideología nazi y cómo proclama la supremacía de la raza aria, francamente me produce risa y me parece patético. Es curioso que los animales, llámese perros, gatos o hasta aves, les importa un pepino el color de su piel, y nosotros, los seres humanos, que se supone que somos racionales, nos detenemos a pensar en que tal o cual persona es inferior porque es negro, cholo, andino, chino, judío o árabe.  Pero el racismo como plaga de la humanidad, es algo que no tiene sentido ni razón de ser. Simplemente me pregunto, todos estos sujetos patéticos que alaban a los nazis o al Ku Kux Klan, ¿Qué piensan? ¿Que el día que se mueran, se van a llevar su pielcita blanca al otro mundo?  ¿Qué eso le va a servir a la hora que estén frente al “Jefe” allá arriba?  Más que seguro que los van a mandar reencarnar en lo que tanto despotricaron para que sepan qué es lo que se siente al recibir un pago con la misma moneda.  Y lo más patético que muchas veces, aquí en nuestro país quienes más cholean o serranean, son los mismos cholos o serranos. A veces me produce risa cuando escucho a un tipo de rasgos cholos, decir “éste cholo de m…”. Cosas que realmente uno jamás llegará a entender en su sano juicio.  Y encima cuando a veces uno ve banderas con la esvástica nazi en hinchadas como la “Trinchera Norte” o “Comando Sur”, simplemente me digo a mí mismo, si Hitler hubiera nacido aquí, esos hubieran sido los primeros en volar. Absolutamente patético. Realmente nuestro país es un país multirracial y hay de todo y para todos los gustos. Por eso, pretender seguir con ideas racistas en pleno siglo XXI es algo que es propio de mentes atrofiadas o descerebradas.

3)  Por último, la sección de los roches. La semana pasado conté la historia del moco, que fue de un amigo y ahora es turno de contar algo que me sucedió en la década del 80. Era el año 1986 y era un día domingo y me iba a casa de unos amigos y me encontraba en la avenida Javier Prado, en San Isidro, esperando un bussing o una combi. Ya estaba con cierto retraso y encima, los buses no venían y las combis venían llenas. Llevaba ya como 20 minutos en el paradero cuando en eso, pasa una combi –una camioneta rural para los que no saben qué es una combi- y pasa la esquina en donde yo estaba y se detiene y una persona bajó de allí. Me dije a mí mismo, “por fin, corre antes que te ganen” y fui hacia la combi y entré y me senté en un asiento. El chofer y los pasajeros me miraban y encima lo miré al chofer y le dije: “Maestro, apúrese que estoy con la hora, rápido por favor, para hoy”. El chofer se rió y tranquilamente me dijo: “Disculpa hermanito, pero éste es un carro particular”.  En ese preciso instante, quería agarrar una bolsa y ponérmela en la cabeza por la vergüenza que me habían hecho pasar. Solo atiné a decirles, “oops, sorry amigos” y me bajé y regresé a mi paradero a esperar mi bussing que llegó 15 minutos después. Me dejó como moraleja, preguntar antes de entrar a cualquier lugar.


Esta ha sido la quinta entrega de esta sección “COSAS QUE ME DISGUSTAN . Espero que estos tres puntos hayan sido de su agrado y los invito a compartir sus opiniones y experiencia alrededor de estas tres historias. Dios mediante será hasta el próximo mes o el subsiguiente. 


sábado, 30 de junio de 2012

COSAS QUE ME DISGUSTAN - IV





Llegamos al último día del mes y como ya ha venido siendo costumbre en los últimos tres meses, toca cerrar el mes con un post personal de la sección “Cosas Que Me Disgustan”. Aunque en honor a la verdad, en algunos podría referirme como “cosas que no me gustan”. Pero bueno, al menos, ya son varios que me han comentado el mes pasado que iban a esperar la cuarta entrega de esta sección. Sinceramente, pensaba tomarme un descansito algo sabático de dos o tres meses, pero viendo que este segmento tiene su pequeña hinchada –como la San Martín, con la “Muela”, je je-, no pretendo decepcionarlos. Así que pónganse cómodos y tendremos nuevamente dos situaciones que me disgustan y en el tercer punto un roche pero tremendo, que no me pasó a mí, pero que merece ser contado.

1)     Desde que era chico, probablemente influenciado por los valores que me inculcaron mis padres y mi querido colegio, siempre la puntualidad fue una virtud que fui cultivando, y hasta ahora la mantengo. Muchas veces me ha costado ser visto como un bicho raro, un maniático de la hora o un espécimen de otro planeta, pero soy puntual por dos motivos: 1) Porque la hora es la hora y no media hora o una hora después; 2) Porque no me gusta hacer esperar. Y por allí va algo que me disgusta tremendamente: la grosera y conchuda impuntualidad y que me hagan esperar como si fueran un tipo que no tiene absolutamente nada que hacer. Por esa misma razón, porque no me gusta que me hagan esperar es que tengo la consideración suficiente de no hacerle lo mismo a alguien. Entiendo y tampoco soy un radical o intransigente, si es que la persona llega unos minutos tarde a la cita que quedó contigo. Pero que llegue 30 minutos después y con una actitud de que “aquí no ha pasado nada” y de “¿Por qué tienes esa cara?”, me parece una total falta de consideración y respeto.  


Y eso sucede en muchísimas situaciones: ya sea pactando una cita con una amiga o amigo, o asistiendo a una invitación, ya sea cena, almuerzo o matrimonio.  ¿Les hago una pregunta a todos esos tardones? ¿Cómo se sentirían si les hiciesen exactamente lo mismo en algo que fuese importante para ellos? Esa criollada de “la hora peruana” me parece el pretexto para justificar la falta de seriedad para honrar la hora fijada de un compromiso pactado. Y lamentablemente parece que esa costumbre está tan asentada y arraigada que hasta en los partes de matrimonio, señalan la hora con una hora o 30 minutos de adelanto a la hora verdadera por la sencilla razón a que la gente nunca llega temprano. A tal punto se ha “institucionalizado” esta pésima costumbre que cuando una organiza una reunión en su casa, tiene que citar no a una hora determinada en punto, sino “a partir de tal hora”.  Carajo, ¿qué le cuesta a la gente ser puntual? Repito, entiendo cuando hay un motivo de fuerza mayor, ya sea porque algún imprevisto sucedió. Pero lo peor es que se llega tarde con plena conciencia de lo que se está haciendo. Y la muestra más clara es que muchos salen de su casa a la hora en que ya deberían estar en ese lugar. ¿Y qué es lo que alegan muchos? “Ni de vainas quiero ser el primero en llegar?”. O sea, ¿el que llega primero es un pobre imbécil? ¿Y que habría de malo en ser el primero en llegar? Simple y llanamente complejos idiotas.


Y uno de los sitios donde más detesto que me hagan esperar es cuando estoy en un restaurante. Se supone que uno llega a un restaurante porque quiere comer y tiene algo de hambre, ¿no? Entiendo que en algunos casos, cuando hay mayor afluencia de personas, la atención no sea tan inmediata, pero que te tengan esperando como si fueses un tipo que ha entrado a su local para ver cómo el resto de personas comen, eso me saca ronchas. Y eso me recuerda lo que una vez me pasó en un chifa que está a una cuadra de donde trabajo. La comida es rica pero son super demorones tanto en tomarte la orden como en traerte tu comida. Y cuando con alguna frecuencia almorzaba allí, terminaba haciendo bilis por todo lo que me hacían esperar. Entraba a las 2:05 y salía del local bordeando las 3 pm, y no porque yo sea un tipo que come como abuelita, recontra lento, sino por todo lo que se demoraban en atenderme. Por eso, iba muy poco a esa chifa. Hasta que un día, el año pasado, era sábado y teníamos con mi esposa una reunión famiilar en la tarde. Yo trabajo sábados de 10 am a 1 pm, y la hora de la reunión era a las 4 pm. No me iba a resultar si me iba a la casa a almorzar porque iba a llegar con las justas, almorzar de manera veloz y salir a la velocidad del rayo. Y encima, era ir a casa para volver a pasar por la misma ruta. Y siendo sábado el único sitio accesible era el chifa. A eso de la 2:00 pm, fui a almorzar y el chifa estaba con varias mesas vacías y me dije, “me atenderán esta vez más rápido”. Cuán equivocado estaba. Me senté en mi mesa y esperaba que algún mozo viniese con la carta. Estuve esperando 10 minutos a que cualquier mozo se dignara en decirme, “señor, ¿que va a pedir?”. Y lo peor era que el lugar estaba casi vacío. Era tal la cara de fastidio que tenía, que cuando uno de los mozos pasó por mi mesa, de frente le dije, “disculpa, llevo 10 minutos esperando que uno de ustedes venga a tomarme la orden. O que creen? ¿Que estoy sentado aquí para posar para una foto?”. El tipo corrió y me trajo la orden. Pedí de inmediato una sopa wantan y arroz chaufa con pollo y me puse a esperar. Ya eran las 2:20 pm y nuevamente la espera se convirtió en interminable. Pasaron 15 minutos en traerme la sopa wantan y cuando la terminé, esperé otros 10 minutos para que me trajeran el arroz chaufa con pollo. Y encima cuando le digo a uno de los mozos, “llevo 10 minutos esperando el chaufa”, el tipo me contestó “un ratito, ¿ya?”. Ya tenía más de 40 minutos en el chifa y recién iba a almorzar el plato de fondo y el lugar no estaba lleno. Ganas no me faltaron de agarrarlo a patadas a ese sujeto y largarme de allí. Al final, terminé saliendo a las 3 pm del chifa con una firme promesa: no regresar jamás. Y se lo dije a la señora que estaba en la recepción. Promesa que he mantenido hasta la fecha y que pienso mantenerla siempre. Que a otros los hagan esperar.

2)     Lo que voy a decir a continuación, no lo voy a decir con mala onda. Pero francamente no me gusta que me etiqueten en el Facebook por fotos en las que no aparezco. Se que hay amigos y amigas que probablemente lo hacen con la mejor intención del mundo. Pero lo que me molesta es el efecto que genera: que mi bandeja de entrada de mi correo sea inundada con hartos mensajes de personas que agradecen o comentan ese etiquetado. No hay nada que me enerve cuando abro mi correo y veo 50 correos sin contestar, de los cuales 40 provienen de ese etiquetado, porque son correos que no van dirigidos hacia mí. Entonces, ¿por qué cuernos tengo que soportar recibir esos correos en mi bandeja de entrada? 


Solo en tres casos, puedo aceptar gustoso un etiquetado en Facebook: cuando es una foto en la que este servidor aparece; cuando es una foto de QUEEN que sea interesante –ojo, foto de QUEEN, no de Freddie Mercury en poses o tomas que al público femenino le puede gustar y encontrar sexy y seductor, pero a mí no, pues- o de ABBA o The Moody Blues; o en algún saludo grupal ya sea por Navidad o Año Nuevo, o cualquier otra festividad. Fuera de esos 3 casos, detesto ser etiquetado. Si me quieren mandar algo, háganlo por inbox, por favor, no me etiqueten, ¿sí? Odio cuando alguien me etiqueta promocionando un producto o servicio que brinde. Eso me parece una conchudez total porque no solo se meten a mi muro a imponerme lo que ofrecen, sino que me abarrotan mi bandeja de entrada. Por favor, si algún lector pensaba hacer eso conmigo, le ruego que lo reconsidere, si no quiere que lo elimine de mis contactos.  Repito, lo digo con la mejor buena onda, porque hablando se entiende la gente. Y otra cosa que detesto es las solicitudes para Yoville, Farmville, Cityville y cuanto fuckingville haya. No tienen otra cosa qué hacer como por ejemplo, tener una vida real y propia. Ya eso será tema de otro post.


3)  Y llegó el turno de los roches. Pero en esta ocasión que no me sucedió a mí, sino a un amigo de la universidad. No tendría ningún tipo de problema en decir que me pasó a mí, ya que después del tremendo roche que pasé en esa fiesta, que conté en el segundo post de esta sección, ya estoy vacunado para cualquier otro roche. Bueno, el tema es que esto le pasó a un amigo y no me hubiera gustado estar en su pellejo en ese instante. Era el año 81 y estaba en la universidad y se venía el cumpleaños de un amigo, que iba a hacer una comida ese fin de semana. Resulta que a un amigo que llamaremos “A”, le gustaba bastante una chica, pero como era medio lento y tímido, no había tenido oportunidad de conocerla en la universidad. Y justo, tanto “A” como la chica eran amigos del que cumplía años y ambos iban a ir a la comida, cada uno por su lado, por supuesto. El amigo “A” sentía que había llegado su momento de conocerla. 


Cuando llegó el sábado, todo parecía indicar que sería así. Me acuerdo que llegué temprano –fiel a mi costumbre de ser puntual- y el ambiente estaba agradable con la gente de la universidad. Y también llegó temprano “A”, que se le veía con bastante entusiasmo y con las pilas puestas. Y al rato, llegó también la chica. La casa era grande y había regular cantidad de gente y como que la cosa estaba dividida en grupos, un grupo conversaba por un lado, otro grupo por otro lado y así iba la cosa. “A” se fijó en qué grupo estaba la chica y asolapadamente se fue caminando, un poco por aquí, un poco por allá, para acercarse al grupo donde estaba la chica, que dicho sea de paso, estaba bien simpática. Como todo el mundo se conocía, era fácil pasarte de un grupo a otro. Hasta que llegó al grupo donde estaba la chica. Eran como unas 6 o 7 personas, que conversaban de todo un poco. Y “A” como que participaba en la conversación y un par de veces cruzó miradas con la chica y todo iba bien. Todo iba bien hasta que sucedió algo que cambió las cosas de manera radical. De buenas a primeras, y de la forma más inesperada, a “A” le comenzó a colgar un moco de la nariz. Y era un moco verde y no era pequeño. Todos se habían dado cuenta de eso, inclusive la chica, pero “A” no se había percatado de ello y seguía hablando como si nada estuviera pasando. Los amigos del costado le hacían señas con la mano señalando la nariz y el bestia no entendía y encima era rochoso porque le preguntó en voz alta, “¿por qué hablas en voz bajita? ¡Habla mas fuerte! ¡Habla como hombre!”. La gente como que se aguantaba la risa y le seguían haciendo señas y encima “A” volvió a decir, “¿Qué pasa? ¿Se me ha bajado el cierre? ¡Ja Ja!”, y parecía mismo elefante en una cristalería. Hasta que alguien le susurró al oído, “cojudazo, tienes un moco colgando”, y a “A” le cambió la cara, como del día a la noche, y jurando que nadie lo veía, comenzó a girar a la izquierda, a la derecha y lentamente se fue llevando la mano a la nariz y de forma veloz, con el dedo índice derecho sacó el moco de su nariz. Hasta ese momento, el tipo había pasado el roche de su vida pero como quien dice, faltaba el "broche de oro". ¿A que no saben a dónde salió disparado el moco de “A”? ¿Alguna idea? Bueno, luego de la veloz intervención de su brazo, el moco verdulento fue a parar a la mano de la chica. Un asco total. Ya se imaginarán que después de eso, “A” jamás llegó a conocer a la chica. 


Bueno, este ha sido el cuarto segmento de esta sección "Cosas Que Me Disgustan". Será hasta el próximo mes, Dios mediante. O si le doy un descanso a esta sección, para el subsiguiente. Hasta la próxima.





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