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sábado, 5 de febrero de 2011

HACE 40 AÑOS: AQUELLA QUINTA FRENTE AL PARQUE CASTILLA


La primera casa donde viví estaba en Jr. Huancayo 177, departamento 203, en Lima, a media cuadra de la Av. Wilson y a unas cuadras de la Av. 28 de Julio. Era un departamento chico y allí pasé los primeros años de mi vida. Recuerdo que tenía mis amigos tanto dentro del edificio como fuera de él. Al comenzar 1971, mis padres ya habían pensado en mudarse debido a que el departamento quedaba chico, porque mi hermano Alex ya estaba creciendo –tenía 3 años- y no había un cuarto de servicio para quien era nuestra leal y permanente empleada, la fiel puneña Antonia. Eso fue lo que empujó a mi viejo a buscar algo un poquito más grande, ya que el departamento del Jr. Huancayo tenía sala, comedor, cocina, un baño y solo dos cuartos –uno para mis viejos y otro para mi hermano y para mí- y un pasadizo. Tenía dos puertas, una que era la principal que derivaba en la sala y otra que era la puerta falsa que era en la cocina. En ese momento, próximo a cumplir 8 años, ignoraba a dónde iríamos y cómo sería nuestra nueva casa. Pero comenzando febrero, el hecho de pasar mi cumpleaños –el día 3- no en la casa del Jr, Huancayo sino en la casa de mi tía Letty, hermana de mi mamá, ya me indicaba que la mudanza estaba a la vuelta de la esquina. Fue así como el sábado 5 de febrero de 1971, hace ya 40 años, se dio inicio a la mudanza, que tomaría todo el día y recuerdo que nos ayudó mi primo Felix, el hijo de mi tía Letty. La nueva casa a donde llegábamos, se encontraba ubicada en el distrito de Lince, en el límite con San Isidro y estaba frente al parque Mariscal Castilla, en la cuadra 25 del Jr. Sinchi Roca, a media cuadra de la Av. Hipólito Unanue y a una cuadra de Manuel Villavicencio. Y tenía 3 habitaciones –una para mis viejos, otra para mi hermano y para mí y la tercera que sería utilizada como un escritorio para mi viejo-, una sala y comedor, cocina, baño, un patio pequeño que servía como una lavandería y un pequeño cuarto de servicio con su baño para nuestra empleada Antonia. Tenía dos puertas –una con entrada a la sala y la otra al patio- y estaba ubicada dentro de una quinta, que contenía 4 casas. La nuestra estaba en altos, en una especie de 2º piso, porque al entrar a la quinta cruzando una reja, a la mano derecha se ubicaban unas escaleras que llevaban a las dos puertas de nuestra casa, y en la quinta seguían 3 casas más, con un pasaje con jardines. Y ese sería mi hogar durante los siguientes 26 años.

No pretendo hacer una crónica de todo lo que viví en aquellos 26 años, porque tendría que dividir este post en varias partes. Pero sí evocar aquellos momentos que hicieron que la quinta fuese para los que vivíamos allí algo más que una simple morada. Cuando llegamos en febrero de 1971, en la segunda casa vivía la familia De La Flor Sablich, conformada por el Sr. Manolo, su esposa Gladys y su hijo de un año de edad, Javier. Y en la tercera casa vivía la familia Montalván, con el Sr. Carlos, su esposa Georgette, y su hijo Carlitos, también casi de la misma edad que Javier. En la casa que estaba al fondo, no sabía quien vivía allí, pero era un gringo con pinta de alemán, que saludaba siempre cortésmente. Mis padres hicieron amistad con los De La Flor, sobre todo, mi madre que se hizo muy amiga con la Sra. Gladys y en menor grado con la Sra. Georgette. Y mi hermano Alex se hizo amigo de Javier y de Carlitos. Poco después, los De La Flor tendrían un hijo, Miguelito, y los Montalbán, una hija, Georgette y mi hermano Alex tendría más amigos con quien seguir jugando. Yo estaba fregado porque no tenía amigos de mi edad en la quinta ni tampoco en los alrededores. Y es bueno indicar que a los costados de la quinta, teníamos como vecinos a la familia Santa Cruz, que eran originales de Colombia, y al otro lado, a la familia Liza. Durante 1971 y 1972, la vida en la quinta fue muy apacible y quieta y además la zona era super tranquila y sin la bulla de los carros. Pero un momento que marcó el punto de partida de una mayor unión dentro de la quinta fue cuando en mi cumpleaños número 11 -el 3 de febrero de 1974- llegó la familia Fernández Combe a vivir en la casa del fondo –en donde vivía el presunto alemán a quien con mis amigos del colegio ya lo habíamos bautizado como el Fuhrer. La familia Fernández estaba conformada por el Sr. Carlos, su esposa, la Sra. Flor –a quien llamábamos la Sra. Pochi- y sus dos hijos, Carlos y Coco, casi de la edad de Javier y Carlitos. Después llegarían Christian y Florcita. Más amigos para mi hermano Alex. A partir de ese momento, hubo una más estrecha relación entre las cuatro casas que conformaban la quinta, en parte porque los hijos de todas las casas jugaban juntos en el pasaje y porque también ese vínculo se trasladaba a las mamás que eran amas de casa. Mi madre ya se había hecho bastante amiga de la Sra. Gladys y también llegó a compenetrarse mucho con la Sra. Pochi, quien era un amor de gente, pero que cuando reprendía a sus hijos pegaba unos gritos que se escuchaban en toda la quinta y como me contó hace poco Carlos cuando chateamos en el Facebook, hasta los vecinos de al lado de la quinta, los Santa Cruz no sabían si llamar a la policía porque pensaban asustados que estaban torturando a los pobres angelitos de sus hijos. Pero realmente se respiraba en el ambiente bastante camaradería y en lo personal, quizás por el hecho de ser el hijo mayor de toda la quinta –o mejor dicho, el más viejonazo de todos los hijos-, los señores siempre me saludaban con cordialidad y amabilidad y siempre tuve una muy buena relación con ellos, sobre todo, con las señoras Gladys y Pochi. Los viejos no tenían ese grado de unión o vinculación, quizás por el hecho que eran la única fuente de sustento en sus hogares y cada uno trabajaba duro y era muy poco el tiempo que les quedaba libre, pero sí había bastante respeto y mucha confianza y cordialidad entre ellos. Esos años de la década del 70 probablemente fueron los mejores que viví en la quinta ya que se compartieron gratos momentos y se sentía por momentos como si fuésemos una familia grande porque también había bastante apoyo entre las familias de las cuatro casas por el tema de seguridad. De esa época me acuerdo que todos los niños jugaban en la escalera que conducía a nuestra puerta y a veces metían una bullaza que despertaban a mi viejo cuando intentaba tomarse alguna siesta. Aunque ellos se divertían duro en la escalera y no se hacían problema y con ellos no era la cosa.

En los años posteriores, hubo cambios en las familias que ocupaban las casas. En 1978, me parece, los De La Flor Sablich dejaron la segunda casa para irse a vivir a Arequipa. Con ellos habíamos estrechado lazos de amistad y nos dio mucha pena que se fueran, y luego entró a vivir allí, el hermano de la Sra. Gladys, Tito Sablich, a quien conocíamos y quien era super cordial y muy buena gente. El vino con su esposa Lily y su hijo Alan y poco después vendría su hija Karen. Y aunque con ellos la relación no tuvo esa estrecha confianza que tuvimos con los De La Flor, pero sí mantuvimos una relación muy cordial, amable y sobre todo, con mucho respeto. Más bien, desde allí, mi madre se hizo mucho más amiga de la Sra. Pochi, con quien conversaba cada vez que se cruzaban y a veces, podrían pasar horas y seguían conversando dentro de la quinta. Años después, en la tercera casa llegó la familia Penagos, conformada por el Sr. Martín –quien con su bigote tenía un aire a Omar Shariff-, su esposa Margarita y sus dos hijos, Cecilia y Martincito. Me acuerdo que Cecilita era super despierta desde chiquita y Martincito le gustaba el futbol. Durante varios largos años la quinta estuvo conformada por estas dos familias, los Fernández Combe y nosotros. Incluso algo que marcó una mayor integración por cuestión de seguridad fue cuando en noviembre de 1983 se instaló una nueva reja que reemplazó a la anterior, que era totalmente insegura, ya que cualquiera se podía meter a la quinta. Ya con la nueva reja, cada familia tenía su llave y abría y cerraba la reja. Eso dio un poco más de tranquilidad, porque hasta antes de ese cambio de reja, las otras tres casas habían sido objeto de robo y quizás porque la nuestra estaba en altos, a Dios gracias nunca fue objeto de robo alguno.

Con el devenir de los años los cambios continuaron en cada una de las casas. En lo que concierne a mi casa, como en algunos posts hice referencia, en 1987 se fue mi madre y en el 93 mi padre. Pero ya desde fines de 1989, mi abuela Ida –la mamá de mi padre- se vino a vivir con nosotros y con su enfermera. En 1995 los cambios se profundizaron y en setiembre mi hermano se casó y en noviembre le tocó el turno a mi abuela de irse y me quedé solo. Lo cual me dejó en una disyuntiva, si seguía en la quinta o me iba a otro lado. Opté por continuar allí y decidí alquilar dos de los cuartos de la casa a mi primo Pepe y al hermano de la esposa de un primo paterno. Y en setiembre de 1996 comencé a convivir con quien tenía una relación en ese entonces. Eramos 4 los que vivíamos en mi casa de Lince hasta el momento en que me la pidieron. Sobre eso abordaré después. En las otras tres casas, en la 2º casa, hacia 1989 o 1990, Tito Sablich y familia dejaron la casa y retornaron después de más de 10 años, los De La Flor, pero no toda la familia, sino los hijos, Javier y Miguel. Ya no eran los niños que habían dejado la quinta cerca de 10 años atrás y eran ya dos muchachos que estudiaban y de vez en cuando venían de visita el Sr. Manolo o la Sra. Gladys. Y en 1996 Javier y Miguel dejaban la casa y vino a vivir un amigo muy cercano de mi hermano Alex, Cuqui Lafosse –a quien conocía-, su encantadora esposa Milagros y sus dos hijos. Allí varios fines de semana, nos juntábamos con los amigos de mi hermano Alex y compartimos muy gratos momentos. En la 3º casa, luego que la familia Penagos dejó la quinta, desfilaron varias familias, pero con ellas solo hubo contacto ocasional. Solo me acuerdo de Hans y su esposa, y su hijita Ariana, y guardo presente que cuando murió mi padre, fue el primero en enterarse en la quinta y les dio la noticia a todos los vecinos. Y en la 4º casa, la del fondo, los Fernández vivieron allí buen tiempo -más de 20 años- y al final se mudaron a Chacarilla. Allí también me apenó mucho su partida porque fueron muy cercanos para mí, tanto el señor Carlos, la señora Pochi, como sus hijos Carlos, Coco, Christian y Flor. Luego llegó una pareja que estuvo poco tiempo –de quienes me acuerdo que tenían un perro Chow Chow- y después, en setiembre de 1995 entró a ocupar la casa, mi hermano Alex con mi cuñada Blamy, al poco tiempo de casarse.

En cuanto a la quinta, cuando recién llegamos en 1971, la dueña era la Sra. Olga Risso de Tweddle, quien era una persona muy agradable, como más de una vez me comentó mi padre. Lamentablemente la Sra. Olga falleció en 1975 y la titularidad pasó a recaer en la Sucesión. Y así estuvo varios años, pero quien realmente administraba todo lo concerniente a las casas de la quinta era el viudo, el Gral. Frank Tweddle. Y recuerdo que siempre venía a la casa para cobrar la renta, un tal Baskovich, que era medio antipático. Y un día de 1978, en una de esas veces que ese sujeto fue a la casa a cobrar, le dijo a mis viejos que el General tenía pensado vender las casas y que les comentaba eso para que fuéramos sabiendo y tomáramos las previsiones del caso y buscáramos en otro lado. Yo ignoraba todo en su momento, y los viejos me contaron que esa noche no durmieron de la preocupación y de la angustia. Pero a la semana de sucedido esto, una noticia alteró todo el panorama. El General Tweddle –de la FAP- era arrestado por habérsele encontrado buena cantidad de droga en su maletín. La noticia causó revuelo y fue primeras planas de todos los diarios. Fue juzgado y posteriormente condenado a prisión. Pero antes de ello, el Estado congeló todos sus bienes. Por ese motivo, cualquier intento de querer vender la quinta quedaba en nada. Quizás Dios quiso que siguiéramos viviendo por un buen tiempo más en la quinta. Ya para 1985, la hija del General, la Sra. Valerie Tweddle pasó a administrar todo lo relativo a la quinta. Y con ella fueron los tratos posteriores y ya no con el sujeto Baskovich, y siempre se portó muy bien con nosotros. Y siendo la Sucesión la titular de las casas de la quinta, cualquier división y partición de las casas que conformaban la quinta no podía hacerse hasta que la hija menor cumpliese los 18 años, y eso era en 1989. Los herederos eran el General –que salió con libertad a fines de los 80’s- y 4 hijos. Al final, luego de la división, a mediados de los 90’s la casa que yo ocupaba pasó a ser adjudicada a uno de los hermanos, quien vivía en USA. Cada vez era más factible la posibilidad de que se vendiera la casa y la quinta y que en cualquier momento me la pedirían, hecho que finalmente se dio en enero de 1997 cuando el mismo dueño fue a mi casa a comunicarme que iba a vender la casa y para ello, necesitaría refaccionarla totalmente y me dio un plazo más que suficiente para buscar por otro lado. Finalmente, tras encontrar un lugar en La Calera de la Merced, a mediados de mayo, me mudé. Los últimos instantes que estuve en la casa, el domingo 18 de Mayo de 1997, cuando ya se había quedado totalmente vacía luego de sacar todas las cosas y antes de cerrar la puerta y entregar la llave, fueron muy tristes para mí, porque era despedirme de aquella casa que había sido mi morada durante más de 26 años y de aquella quinta que fue parte de mi vida. Ya cuando minutos antes me había despedido de mi hermano Alex y de Cuqui Lafosse, tuve que hacer enormes esfuerzos para no dejarme llevar por la emoción. Luego de ello, entré por última vez a la casa y recuerdo que la recorrí por todos los ambientes y se me vinieron a la memoria todos aquellos recuerdos y vivencias acumuladas a lo largo de 26 años. Y allí ya no pude reprimir mis sentimientos y las lágrimas brotaron de mis ojos. Era el final de una etapa de mi vida, la cual atesoro y tengo muy guardado dentro de mi corazón. Durante el tiempo que mi hermano Alex estuvo viviendo en la quinta, retorné en varias ocasiones a la quinta. Y la casa llegó a ser totalmente refaccionada y al final, no fue vendida y fue alquilada a otro gran amigo de hermano, Euding Maeshiro. Y hasta recuerdo que en el cumpleaños de mi hermano en Noviembre de 1997, Euding me invitó a que viera la casa ya transformada. Subimos y ví una casa totalmente moderna y hermosa. Habían cambiado todo. Pero era muy distinta a aquella casa que había dejado 6 meses atrás. Ya esa no era mi casa.

Finalmente, el año pasado, una noche saliendo de mi oficina, en la cuadra 15 de Dos de Mayo, en San Isidro, me dieron las ganas de caminar y pasar por la cuadra 25 de Sinchi Roca y volver a ver la quinta por fuera. Y cuando llegué a la cuadra, me di con una total sorpresa que me dejó congelado. La quinta había sido derrumbada totalmente con la finalidad de construir un edificio en ese mismo lugar. Recuerdo haberme quedado paralizado varios minutos contemplando el espacio donde había estado ubicada la quinta y que era terreno donde se iba a levantar un edificio grande. Sinceramente me dio muchísima pena y casi me pongo a llorar de la pena al ver que ya no quedaba absolutamente nada de lo que fue esa recordada quinta. Solo quedaba el recuerdo. Meses después volví a pasar una vez más y ya se veían bastantes avances en la construcción del edificio. De curioso entré y pedí información sobre los departamentos, pero estaban bien lejos del alcance económico de uno. Además que los tiempos han cambiado y las cosas no son las mismas de hace casi 14 años, cuando me fui de la quinta. Y en lo personal, nunca he sido partidario de vivir en edificios y sobre todo, si son grandes.

Hace 40 años llegué a la quinta que estaba en la cuadra 25 de Sinchi Roca y durante más de 26 años, fue parte de mi vida. Muchos recuerdos y personas con quienes compartí, los tengo en mi mente y mi corazón. A varios los he vuelto a ver años después y siempre hemos evocado aquellos comunes recuerdos que nos unieron alrededor de la quinta. Y para terminar este post, quiero decir que parafraseando a la escena final del último episodio de “Los Años Maravillosos”, cuando miro hacia atrás en mi vida, veo una casa como muchas otras casas, un pasaje como muchos otros pasajes, un parque como otros parques y una quinta como muchas otras quintas que hubieron en esa zona, pero lo curioso es que después de todos estos años, aún sigo recordándola, maravillado.

8 comentarios:

  1. Luchito, increibles recuerdos, es como si escuchara los gritos de mi mama en este momento, que para sorpresa, los extrano!!

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  2. Hola Carlitos. Muchas gracias por tu comentario.

    Cómo olvidar los gritos de tu viejita, que eran ya parte de la historia de la quinta. Gracias por tus palabras porque a raiz de esa vez que nos encontramos en Vivanda fuiste tu quien me inspiró las ganas de escribir este post y estaba buscando el momento oportuno y justo que ahora se cumplen 40 años de nuestra llegada, era la mejor ocasión para hacerlo.

    Hasta ahora me acuerdo cuando ustedes llegaron en mi cumple y yo me decía, "Que pesados que vienen a mudarse justo hoy", ja ja.

    Maravillosos receurdos que forman parte de nuestras vidas.

    Un fuerte abrazo.

    LUCHO

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  3. Para nosotros también la quinta formo una parate muy importante de nuestras vidas si bien solo fueron dos años fueron muy intensos. era lindo vivir redeado de amigos muy cercanos. nuestros hijos eran pequeños y jugaban con el de alex y estabamos empezando el ciclo de la quinta sino que lo digan todos los galifardos que gozaron tanto como nosotros de esa etapa. Que para nosotros la seguimos considerando como una de las mejores de nuestra vida.
    Aqui nosotros también recordamos con cariño esos lindo años que pasamos en la quinta.
    Gracias lucho por dedicar esas lineas a ese lugar que fué también muy especial para nosotros.
    Cuqui, Mila, Francois y Andre y aunque no estuvo presente Antoine

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  4. Hola mi estimados Cuqui y Mila. Muchas gracias por su comentario.

    Cómo olvidar aquellos viernes y sábados en que uno de regreso a casa caía y aterrizaba por su casa y la pasábamos tan bien, con Mila como la perfecta anfitriona. El poco tiempo que los tuve cmo vecinos fue suficiente para conocerlos más y comprobar su calidad como amigos y como personas.

    Reciban un muy fuerte abrazo de mi parte. Siempre los recuerdo con mucho cariño.

    LUCHO

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  5. ME GUSTO TU RELATO LUCHO, ES BUENO RECORDAR LOS BUENOS MOMENTOS VIVIDOS EN LA INFANCIA, JUVENTUD, UNO SIEMPRE RDA. LA PRIMERA CASA DONDE A VIVIDO CON LA FAMILIA, ME ACUERDO DEL JR. HUANCAYO POR Q LLEGUE A VIAJAR EN LOS TRANVIAS, CONOCI LA LIMA DE ANTAÑO, LA PLAZA ITALIA, UNION 2 DE MAYO, ME GUSTABA CAMINAR EN EL BARRIO CHINO ME FASCINAVA SUS COSTUMBRES Y COMIDAS, CONOCI LINCE TAMBIEN EN LOS AÑOS 60 DE ALLI SON LOS FAMOSOS SAICOS DEL FAMOSO TEMA "DEMOLICION" DE 1964, BUENO COMO DICEN RECORDAR ES VOLVER A VIVIR, ME GUSTABA JIRONEAR EN EL JR. DE LA UNION Y SIEMPRE ENTRABA A LA DISCOTECA DEL SR. HECTOR ROCA Q TENIA LOS ULTIMOS HITS, Y DESGUSTABA LOS FAMOSOS CHURROS ESPAÑOLES, EL CINE BIJOU Q TENIA EN CARTELERA LAS MEJORES PELICULAS DE LOS GRANDES FESTIVALES DEL CINE FRANCES, SOVIETICO ETC.
    LUCHO MUCHOS SALUDOS Y Q TENGAS UN BONITO DOMINGO RODEADO DE LA FAMILIA.

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  6. Hola José Luis. Muchas gracias por tu comentario.

    Muy cierto lo que dices, recordar es volver a vivir y no quería dejar de recordar aquel lugar donde viví durante 26 años.

    Un fuerte abrazo.

    LUCHO

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  7. Pucha, que buenos recuerdos. Tema aparte el parque al frente de tu casa, no hubo un solo arbol al cual no nos subieramos o dia en el cual no se jugara un partidito justo al frente de tu casa o las guerras con hondas en el parque.
    Que buenas epocas esas... me acuerdo mucho del Sr. en la esquina de tu casa al que le decian el correcaminos...

    Saludos.

    Lucho Wiese.

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  8. Hola mi estimado Lucho. Muchas gracias por tu comentario.

    Sin duda, buenos recuerdos y el parque Castilla era nuestro campo de diversión. Claro que me acuerdo del tío "Correcaminos", que era el viejo del "Tío Tomate", que estaba más loco que una cabra. Igualmente, cómo podría olvidarme de tu casa en Las Palmeras, que era el centro de reuniones familiares inolvidables.

    Un fuerte abrazo.

    LUCHO

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